viernes, 3 de mayo de 2013

DOBLE EMBRAGUE - Parte I



LA CAJA DE CAMBIOS de DOBLE EMBRAGUE                                                        

Hoy voy a cambiar el tema para saltar al mundo de las aficiones, y más concretamente a la “Caja de Cambios” o cambio de marchas en los automóviles.

El cambio de marchas de un automóvil, constituye el mecanismo básico que sirve para acomodar la velocidad de giro del motor y su correspondiente entrega de par y potencia, con la propia velocidad del automóvil en cada momento o circunstancia. La diversidad de circunstancias resulta obvia pensando en el inicio de la marcha, la diferencia entre incrementar velocidad o mantenerla constante, o el súbito incremento para realizar adelantamientos con seguridad. Por otro lado la disponibilidad de potencia y par motor resulta diferente según que el régimen de giro, sea más alto o más bajo.

El “cambio de marchas” lógicamente se encuentra muy relacionado con la “destreza” del conductor ya que durante este proceso, es necesario “estimar con cierta antelación” el margen de par y potencia con las que el automóvil puede responder, ya sea en el próximo adelantamiento, al subir una pendiente o en la salida de la próxima curva.

Tradicionalmente se han desarrollado un par de sistemas diferentes para resolver el problema. Por un lado las transmisiones o “cajas de cambio” con accionamiento manual, y en contraposición las transmisiones o cambios automáticos.

La diferencia entre ambos tipos de mecanismos siempre ha sido bastante clara, con independencia de la formación o conocimientos técnicos de cada usuario. Los “cambios manuales”, requieren un accionamiento directo por parte del conductor, lo que implica un cierto nivel de destreza y mayor complejidad en la conducción, y en cambio los “cambios automáticos” responden por sí mismos en cada situación, y por tanto el conductor ya no tiene que intervenir. Esto motiva que los sistemas automáticos se asocien a confort y comodidad, y los manuales con un espíritu más deportivo y de capacidad de control sobre el comportamiento dinámico del coche.

Esta diferencia cualitativa además de servir para distinguir ambos sistemas, ha contribuido a marcar un determinado “sesgo” bastante subjetivo y estereotipado, que se refuerza con el marketing comercial, y no siempre responde a la racionalidad de sus características técnicas. Este panorama se complica últimamente con las nuevas cajas de “doble embrague” que comparten características de ambos sistemas, pero cuya promoción comercial como sistema novedoso, induce a confundirlo con sistemas automáticos, enfatizando ciertas características parciales como “cambio secuencial”, o “levas en el volante”, que enseguida son canibalizadas por la promoción comercial del cambio automático tradicional.

En mi opinión la mejor forma de establecer con claridad la diferencia entre los distintos sistemas, es revisar primero las características fundamentales que diferencian el cambio manual respecto al automático, para luego analizar con respecto a la “utilización funcional” de un cambio manual, las diferencias que se añaden con los nuevos cambios de doble embrague.


El Cambio Manual

Se trata del primer sistema históricamente desarrollado, que se basa en la idea de disponer una serie de “pares de engranajes”, colocados entre dos ejes paralelos anclados dentro de una caja. Cada “pareja de engranajes” se corresponde a una de las velocidades o relaciones del cambio de marchas.

Cada uno de los dos engranajes que forman el par, tiene distinto diámetro, aunque la suma de ambos se mantiene fija, de acuerdo con la separación entre los ejes. La proporción entre el número de dientes de cada engranaje de la pareja, es precisamente la “relación” del cambio que corresponde a cada una de las “marchas”. La transmisión del movimiento se realiza impulsando uno de los dos ejes desde el motor, y mediante la conexión, exclusivamente de una sola pareja de engranajes en cada momento, el otro eje es “arrastrado” con la desmultiplicación establecida por la proporción entre el número de dientes de cada uno.
 
El “cambio” para pasar a otra marcha diferente, se realiza por el conductor, accionando con la mano una “palanca de cambios” mediante la que conecta otra pareja de engranajes distinta, siempre con la condición necesaria, de haber separado previamente la que estaba conectada.

Para realizar esto, también es necesario desconectar momentáneamente el impulso de arrastre del motor, mediante un “embrague” que se sitúa por delante de la caja de cambios, y se acciona pisando un pedal. Este se mantiene pisado hasta que se termina de acoplar la nueva marcha y al soltarse, vuelve a reponer el impulso del motor.

Los dos ejes en la caja se distinguen con la denominación de “primario” y “secundario”, siendo el primario, el que realiza la salida del movimiento ya desmultiplicado sobre la transmisión y las ruedas, y secundario el que recibe el impulso desde el motor y el embrague.


El Cambio Automático

Este tipo de cambio se desarrolla en torno a los años 50s en USA, y supone por un lado mayor sencillez y comodidad de conducción ya que no es necesario manejar el cambio de marchas, pero por otra parte es un sistema más complejo pesado y caro. A pesar de estas características, el desarrollo económico del mercado americano de la época, el nivel medio de tamaño y potencia de los coches, y el acceso al “uso” del automóvil de un extenso público femenino, poco dado a valorar las destrezas de conducción por encima del sentido práctico de facilitar el desplazamiento, aseguran un “éxito comercial” que se generaliza inicialmente por los coches más grandes o caros incrementando paulatinamente la presencia aunque menos frecuente, por los coches más compactos y económicos.

Este tipo de mecanismo, dispone también de una “caja con engranajes” y un sistema previo denominado “convertidor de par” que puede evocar un embrague, pero ambos sistemas son radicalmente distintos entre sí. Los cambios automáticos son transmisiones en general más robustas y pesadas que las de tipo manual y una de sus diferencias básicas, es que las cajas manuales transmiten la potencia y el movimiento de una forma “rígida”, y sin embargo en las automáticas hay un acoplamiento “hidráulico” que tolera cierto grado de deslizamiento.

Esta característica está también vincula con su origen, ya que las transmisiones hidráulicas proceden y resultan indispensables, en el mundo de la maquinaria “pesada”, canteras y obras públicas en general, ya que “detener” o “impulsar” vehículos de cientos de toneladas, con potencias de miles de caballos, que pueden producir tirones bruscos con cierta facilidad, asegurarían la “rotura” de cualquier sistema “rígido” de transmisión.

Esa falta de “rigidez en el acoplamiento de la transmisión se debe al “convertidor de par”, que es un mecanismo que intercepta el movimiento de giro procedente del motor, y lo transmite a la caja de engranajes posterior. El mecanismo internamente está configurado por una especie de “turbina” hidráulica, que consiste en un par de rotores con álabes o paletas de geometría muy ajustada y precisa, que a su vez forman una cámara “toroidal” (rosquilla), llena de un líquido hidráulico cuyo movimiento de giro en forma de espiral enrollada a lo largo de la rosquilla, “arrastra” al segundo rotor, y transmite la “potencia” en función de la velocidad de giro del torbellino y la inclinación particular de los álabes o paletas.

Evidentemente cuando la velocidad de giro es lenta, ese torbellino “transmite” muy poca fuerza, y es posible mantener un vehículo detenido aunque el motor se encuentre girando, pero a medida que se incrementa su velocidad, la “fuerza” que transmite el torbellino es capaz de desplazar el vehículo con normalidad y a plena potencia del motor.

Lógicamente en este punto radica una de las características más peculiares sobre este tipo de caja de cambios, y hace que en el mundo de la competición o de los aficionados a conducir, esta transmisión se valore con cierto desdén, ya que si lo analizamos cuidadosamente, enseguida se comprende que cuando un coche se está desplazando a cierta velocidad y queremos que “acelere” con toda la fuerza o potencia disponible, primero se “pisa” el acelerador, y en respuesta el motor incrementa bruscamente su “par motor” o “fuerza del giro” que luego se convierte paulatinamente en un aumento de la velocidad.

Cuando la transmisión es de tipo “rígido” como en un cambio manual, el conductor puede “sentir” de forma inmediata ese incremento brusco en la “fuerza del motor” respondiendo a su acción sobre el acelerador, pero sin embargo cuando la transmisión es hidráulica, para que haya un incremento de fuerza apreciable, primero tiene que aumentar la velocidad de giro dentro del convertidor de par, para que este pueda generar el incremento de “fuerza” sobre las ruedas, y esto supone un relativo “desfase” desde que se acciona el acelerador, hasta que el conductor pueda “sentir” la respuesta.

A continuación del convertidor de par, se encuentra propiamente la “caja de engranajes”, pero en este caso ya no se utilizan los pares de engranajes propios de la caja manual, sino que se disponen varios conjuntos de engranajes “epicicloidales”, que se combinan entre sí a lo largo de un eje único. Estos conjuntos de engranajes están formados por un engranaje central denominado “planetario” que gira sobre el eje. Sobre este engranaje se colocan otros tres o cuatro engranajes más pequeños que lo rodean engranados sobre él formando un conjunto combinado que se denominan “satélites”. Sobre el contorno exterior de los satélites, se dispone a su vez una “corona” engranada sobre ellos, de forma que todo el conjunto puede admitir distintas combinaciones de movimiento según se vayan bloqueando unos elementos u otros.
 
En un caso podemos “bloquear” el planetario central, y entonces al aplicar un giro a la corona exterior, se arrastra el conjunto de satélites que quedan obligados a rodar sobre el planetario inmóvil. Si bloqueamos el movimiento de la corona exterior, un giro del conjunto de satélites, produce el arrastre del planetario central y viceversa. Así mismo si se bloquea el giro del conjunto de satélites, el impulso del planetario arrastra la corona en sentido inverso o viceversa.

Cuando se combinan entre sí de forma adecuada varios conjuntos epicicloidales, y se actúa selectivamente bloqueando las combinaciones posibles, junto con la configuración de sus tamaños y número de dientes, se consiguen distintas “relaciones” de desmultiplicación, que son controladas con un sistema de válvulas hidráulicas que actúan en función de velocidad y presión, de una forma completamente automática.


El cambio de doble embrague

Este es a grandes rasgos el panorama de los sistemas de cambios de marchas, tradicionales, hasta que se han empezado a generalizar los de doble embrague. Este tipo de sistemas en cuanto al uso, se parecen al “automático” porque desaparecen el pedal de embrague y la palanca de cambios. Sin embargo aparecen una “levas” en el volante con las que se pueden cambiar las marchas o bien dejar que el sistema opere de forma automática.

A pesar de esa apariencia similar a un cambio automático tradicional, y que la moda de “levas en el volante” se ha exportado a los cambios automáticos tradicionales, el mecanismo interno no tiene nada que ver con ellos, ya que se trata de cajas con un sistema de “pares de engranajes” y “embragues” de fricción, lo que supone una transmisión “rígida”, que ha conquistado el mundo de la competición de forma casi exclusiva.

Dada la extensión del tema prefiero aplazar el resto, para desarrollar en la próxima entrada una explicación más completa.


Nota: Las imágenes y referencias que acompañan al artículo se han recopilado desde internet  por medio de Google, y son propiedad de sus respectivos autores.

lunes, 22 de abril de 2013

LA ESCALA DEL UNIVERSO



REPESCANDO EL  BLOG

El día 23 de Junio del año pasado se subió la última entrada disponible en este “blog”, lo que supone unos diez meses sin nueva actividad en el mismo. Sin embargo la página ha seguido registrando visitas con un rito destacable, de forma que incluso en este periodo de diez meses se han registrado tantas visitas como a lo largo de toda la época anterior.

En el último periodo resulta destacable el número de visitas procedentes de Sudamérica y en particular de Méjico y Argentina. A la vista de las entradas consultadas, destacan los temas sobre “AutoCAD” y particularmente algunos relacionados con el manejo de los sistemas de coordenadas en el espacio, lo cual representa para mí una gran satisfacción, ya que confirma el relativo acierto de la idea inicial para su desarrollo.

Por otra parte me gustaría agradecer la confianza y respaldo que suponen estas visitas, y desde luego, quiero animar a cualquier visitante que tenga el menor interés por aclarar alguna duda, para que pueda hacer una consulta directa con toda confianza, ya sea por email u otro medio, manifestando el compromiso de atenderla con mucho gusto.

Dentro de esta nueva etapa que se inicia para seguir ampliando el “blog”, voy a separarme del ámbito estrictamente profesional, para abordar otros temas que puedan resultar más curiosos o divertidos, y sin ir más lejos voy a tratar en esta ocasión sobre la “cosmología”, que para mí siempre ha resultado muy interesante y atractiva. El tema que quiero desarrollar a continuación se refiere a la “escala” y los “tamaños relativos” dentro del “Universo”.


LA ESCALA DEL UNIVERSO                                     

Cuando se escuchan referencias en la prensa general, sobre algunos aspectos del “universo”, las distancias y tamaños se encuentran en escalas tan poco habituales, que resultan demasiado frecuentes los errores sobre el número de “ceros”, miles por millones o viceversa, todo ello a su vez complicado con otro par de circunstancias, como la diferencia entre los “billones”, (nueve ceros) en el ámbito americano y (doce ceros) en el europeo, o el hecho de que la gente del mundo del periodismo tenga en su mayoría una formación de “letras”, que adolece de cierto desinterés hacia los números, las fórmulas y las matemáticas.

Por otra parte cuando se habla de referencias en el “universo”, los números que representan las distancias y los tamaños son tan grandes que en seguida pierden cualquier significado relativo entre sí. La mayoría de la gente “desconecta” su capacidad intelectual para interpretar ninguna comparación entre esas magnitudes, y automáticamente se incorporan a un fondo de saco donde se almacenan “cosas grandes y lejanas”, desconectadas completamente del mundo cotidiano.

Uno de los mecanismos básicos que nos sirven para asimilar y comprender tamaños, distancias o magnitudes, es obviamente la “comparación” con referencias que nos resultan más conocidas o habituales. Como ejemplo se puede citar las distancias en los desplazamientos, ya que si estamos habituados a realizar de forma cotidiana un desplazamiento de 50Km, es inmediato saber que un nuevo desplazamiento de 100Km, va a requerir el doble de tiempo o de velocidad, aunque sigue siendo asequible con los mismos medios, pero sin embargo otro desplazamiento de más de 500Km, requiere unos recursos diferentes ya sea por tiempo o por medio de transporte.

Obviamente el razonamiento anterior se mueve en al ámbito de la perogrullada, pero sin embargo creo que son ese tipo de asociaciones y mecanismos básicos, los que precisamente se pierden irremisiblemente cuando se habla de distancias en el rango del “universo”.

Si hacemos un pequeño repaso de distancias y magnitudes significativas, podemos recordar que la propia dimensión o tamaño total del universo, se ha establecido después de las últimas teorías, (materia y energía oscuras) en unos 13.800 millones de años-luz (AL). Por otra parte el tamaño de la galaxia en la que nos encontramos, “La Vía Láctea” es de unos 100.000 años-luz. La propia Vía Láctea está considerada como galaxia gigante, lo que supone decir que es una de las grandes, que a su vez mantiene vinculadas mediante órbita gravitatoria, diversas galaxias enanas de un tamaño bastante menor. Como referencia de tamaños, la mayor galaxia conocida IC-1101, tiene unos seis millones de AL (años-luz).
                     
Además de la Vía Láctea, Andrómeda es otra galaxia similar y cercana aunque con el doble de masa, que se desplaza en dirección a la nuestra por lo que en un futuro ambas tienen que encontrarse y chocar entre sí, lo cual supone que las dos se juntan y mezclan alterando su forma por la influencia de los campos gravitatorios mutuos, para finalmente formar una sola entidad con un campo gravitatorio único. La distancia actual entre ambas es de unos 2,2 millones de AL (años-luz).

La unidad de distancias que estamos manejando, es el “año-luz” o lo que es lo mismo, la distancia que recorre la luz durante un año. Dado que según los principios básicos de la física, esa velocidad es constante bajo cualquier circunstancia, resulta una definición oportuna ya que relaciona distancias y tiempos a escala cósmica, y si consideramos que el propio universo se expande a la velocidad de la luz, tenemos que coinciden su edad y tamaño.

Si queremos traducir esa distancia a Kilómetros, solo hay que multiplicar el tiempo de un año por la velocidad de la luz en Km, es decir: [300.000Km/s x 365dias x 24 horas x 60 mns x 60 seg.] = 9.460.800.000.000 o bien: 9,4608 x 1012, un número bastante grande, por lo que aparecen los exponentes, y por aquí es donde gran parte de la gente “se desconecta” de este tipo de magnitudes, y las deja en algún fondo de saco formando un auténtico batiburrillo.
                                            
Si ahora recordamos la configuración del sistema solar, este está compuesto por una estrella (Sol), que contiene la mayoría de la masa, cuatro planetas interiores de estructura rocosa, pequeños y con orbitas muy cortas, luego un cinturón de asteroides y a continuación otros cuatro planetas (jovianos), con una estructura gaseosa, mucho más grandes y pesados, que describen orbitas bastante amplias y alejadas de la estrella. Después se encuentra una serie de “planetas enanos”, (entre los que se ha incluido últimamente a Plutón) que describen orbitas muy irregulares, y continúa con una amplia zona exterior conocida como cinturón de Kuiper que recuerda al cinturón de asteroides, aunque también contiene cometas de periodo corto. 

                           
Esta última región ya es bastante más extensa que la zona barrida por las órbitas de los planetas, pero aun así, todavía hay que considerar otra región más externa y grande, conocida como nube de Oort, que es la que aloja los cometas de periodo largo, (más de 200 años) es decir objetos congelados y muy fríos, compuestos de polvo y hielo, que describen orbitas alrededor del Sol, pero tan alejadas y/o excéntricas que tiene periodos de más de doscientos años.

Esta nube de Oort, que puede considerarse como el paquete que contiene a todo el sistema solar en su centro, a pesar de no tener unos límites muy definidos se considera comprendida entre 10.000 y 100.000 UAs (Unidades Astronómicas) del centro. La “Unidad Astronómica” es también otra medida de distancias, y se define como la distancia media entre la tierra y el Sol. La equivalencia con el Año-Luz es de aproximadamente 63.000UAs por cada AL, por lo que podríamos decir que el sistema solar tiene un diámetro exterior de aproximadamente dos años-luz.


LA EQUIVALENCIA.

En mi opinión, la mejor manera de asimilar fácilmente todo ese repertorio de magnitudes y distancias, es la de establecer una equivalencia global o comparación con un entorno que nos resulte más familiar o conocido.

En este caso podemos asociar el tamaño del universo de 13.800 millones de AL, con la mayor parte de la superficie de nuestro planeta, ya que un cuarto del meridiano terrestre se define como una distancia de 10.000 kilómetros, y esto supone que recorriendo 13.800 Km, se puede alcanzar casi cualquier punto del planeta, salvo un círculo limitado alrededor de las antípodas.


Una vez establecida la equivalencia entre “un millón de años luz” y “un kilómetro” lo que es parecido a comparar el tamaño de todo el universo con el del planeta, podemos pasar a revisar el repertorio de magnitudes y distancias que ya habíamos visto, y nos encontramos que el tamaño de nuestra galaxia sería de unos “cien” metros, lo que equivale a una manzana de edificios de una ciudad como Madrid o Barcelona, la galaxia más grande conocida, tendría unos 6 Km, como la Casa de Campo de Madrid, y la distancia que separa a La Vía Láctea y Andrómeda pasaría a ser de 2,2 Km, o aproximadamente la separación entre “Cibeles” y “Nuevos Ministerios”.

Dentro de esta comparación, todo el sistema solar tendría aproximadamente 2mm de diámetro, más o menos como la cabeza de un alfiler, y también resulta sugerente establecer el paralelismo entre la estructura y agrupación de las distintas ciudades, con los cúmulos y supercúmulos de galaxias, o bien las imágenes captadas desde espacio sobre las áreas urbanas iluminadas de noche, y las imágenes artificiales, con esa estructura filamentosa y llena de nudos, que representa la distribución de la materia en el universo.